miércoles, 11 de febrero de 2009
Declaración jurada
¿Qué pretendo yo con mi poesía? Bueno, es tan fácil macanear en este tipo de declaraciones ¿no? O esquematizar. O decir una cosa por otra. O desembuchar las ideas que uno tiene sobre estética, o sobre política, o sobre la filosofía del arte en general...Pero me parece que sin querer se me escapó algo que es cierto. La poesía sirve para no macanear. Eso es. La poesía y el cuento me sirven a mí para no macanear. De eso estoy seguro. Para ser auténtico, humildemente, trabajosamente auténtico. Contar como veo, como siento algunas cosas, tratar de que alguien las vea y las sienta igual que yo. Sin pretender enseñar, ni adoctrinar, ni contrabandear ideas. Y para eso tengo simplemente que hablar con mi propia voz. Cosa bastante difícil como lo sabe cualquiera que ande metido en este asunto. Pero una vez conseguido eso, una vez que a fuerza de un largo trabajo de búsqueda, de desprendimiento, de humildad, qué sé yo, uno cree haber encontrado, en el fondo del alma o de las tripas, esa voz, los conceptos "bueno" o "malo", "poema" o "no poema" pierden totalmente vigencia. Se habla de un modo verdadero o se macanea. Y se macanea cuando, vaya a saber por qué, no se puede encontrar la propia voz.
Cuando me veo obligado a escribir un artículo, o un ensayo, o esto que estoy tecleando ahora por ejemplo, tengo siempre la fulera sensación de que estoy macaneando. De que podría afirmar todo lo contrario de lo que digo con la misma compostura y la misma sinceridad. En la poesía y en el cuento eso no me pasa. Sé que hay una única forma para decir una única verdad. Y que lo demás es una pelea con las palabras hasta encontrarla.
Humberto Costantini
martes, 9 de diciembre de 2008
Primavera portátil
Aquellos dos tenían una flamante primavera portátil.
Ah era muy divertido verlos cruzar la calle con aquel armatoste cubriéndolos como una pajarera o un enorme paraguas.
A veces resultaban francamente molestos. Como cuando viajaban en el subte por ejemplo, y le metían a uno un pedazo de octubre en las narices, sin pedirle disculpas para nada.
Otras veces en medio de una oficina pública, o en una exposición de filatelia, para dar otro ejemplo, se movían y hacían un incalificable desparramo de perfumes, glicinas, abejorros, pereza, cielos de no creer, o tontas palabritas que después iban y venían volando como moscas, hasta que se posaban muy orondas en algún portafolios.
Para colmo andaban contentísimos con su armatoste parecido a una campana o a una nube, y como hasta el mismísimo invierno se mostraba respetuoso y paciente frente a aquella absurda primavera portátil, los dos se creían que eran absolutamente inmortales.
Un buen día desaparecieron. Según se cree, al final de un verano, al armatoste le dio por seguir a una bandada de golondrinas que se dirigía hacia el norte, y naturalmente arrastró a aquellos dos como si se los llevara una cápsula géminis.
Otros en cambio dicen que el armatoste un día se esfumó, se derritió, se desarmó o algo así. Que entonces los dos sintieron frío y se miraron y se miraron largo tiempo, sin conocerse en absoluto. Y que tuvieron tanto miedo al verse así desnudos, extraños y mortales, que salieron corriendo, uno para un lado y otro para el otro, hasta que se perdieron nadie sabe dónde.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Tarea
Han de saber
que cuando en la oficina no hay trabajo,
yo trabajo,
trabajo como un negro,
sudo tinta,
ando detrás de pájaros azules,
me meto en grandes líos con los sueños,
me desangro en palabras,
salgo a cazar ballenas y crepúsculos,
domestico elefantes
(hay que ver qué furor el de la selva)
le explico al faraón cosas del tiempo,
hago el amor a veces,
lucho con los zulúes cuerpo a cuerpo,
tengo que abrirme paso en un perfume,
volver para las doce,
morirme,
andar recuerdos.
Tengo que hablar con Dios,
volverme loco,
lanzar varias proclamas de justicia,
escapar de la hoguera,
vestirme de jamás para un entierro.
No descanso ni un minuto,
me doy un gran trajín con las cigarras,
me cito con Lenin y arreglo el mundo,
llamo a larga distancia,
digo anote en mi agenda: Nazareno,
trato cosas del aire con gaviotas,
compro verdes, azules, amarillos
y los despacho por expreso al cielo.
Hago arreglo con nubes,
firmo tardes de otoño con llovizna,
corro a cambiar estrellas que andan flojas,
promuevo madreselvas,
dicto inviernos...
cuando el jefe me mira y dice ejem,
ya que usted no hace nada y tiene tiempo...
domingo, 7 de diciembre de 2008
¡BOM! ¡BIM! ¡BAM! y golondrinas
José González,
segundo auxiliar de Contaduría,
lleva el portafolios lleno de granadas de mano.
Mira pensativamente el subterráneo de las 7 y 45
y ¡BOM! ¡BIM! ¡BAM!
Después, al entrar en su oficina,
ve el auto del gerente estacionado en la puerta,
y ¡PJJJ! ¡CHFFF! ¡BOOOOOOOMMM!!
porque el señor González
lleva también algún bazooka en el portafolios,
por las dudas.
Cuando el gerente le pide las planillas,
él dice sí señor y sí señor,
pero cuando el gerente se da vuelta
¡RAT-TA-TA-TA-TA-TA-TA!!!
y las cabezas de todos los gerentes del mundo
vuelan en pedacitos
por el luminoso cielo de setiembre
como si fueran golondrinas.
sábado, 6 de diciembre de 2008
Inmortalidad
Ocurre simplemente que me he vuelto inmortal.
Los colectivos me respetan,
Se inclinan ante mí,
Me lamen los zapatos como perros falderos.
Ocurre simplemente que no me muero más.
No hay angina que valga,
No hay tifus, ni cornisa, ni guerra, ni espingarda,
Ni cáncer, ni cuchillo, ni diluvio,
Ni fiebre de Junín, ni vigilantes.
Estoy del otro lado.
Simplemente, estoy del otro lado,
De este lado,
Totalmente inmortal.
Ando entre olimpos, dioses, ambrosías,
Me río, o estornudo, o digo un chiste
Y el tiempo crece, crece como una espuma loca.
Qué bárbaro este asunto
De ser así, inmortal,
Festejar nacimiento cada cinco minutos,
Ser un millón de pájaros,
Una atroz levadura.
Qué escándalo caramba
Este enjambre de vida,
Esta plaga llamada con mi nombre,
Desmedida, creciente,
Totalmente inmortal.
Yo tuve, es claro, gripes, miedos,
Presupuestos,
Jefes idiotas, pesadez de estómago,
Nostalgias, soledades,
Mala suerte…
Pero eso fue hace un siglo,
veinte siglos,
cuando yo era mortal.
Cuando era
Tan mortal,
Tan boludo y mortal,
Que ni siquiera te quería,
Date cuenta.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Che
-A lo mejor está debajo de la alfombra.
-A lo mejor nos mira de adentro del ropero.
-A lo mejor ese color habano es una seña.
-A lo mejor ese pez colorado es guerrillero.
-Yo juro haberlo visto de gato en azoteas.
-Y yo, corriendo por los hilos del teléfono.
-Señor, ¿ha revisado bien adentro de su cama?
-O John, ¿qué es esa barba que asoma en tu chaleco?
-Debiéramos filtrar todas las aguas de los ríos.
-Lavar todas las caras de los negros.
-Picar la cordillera de Los Andes.
-Poner a South-América en un termo.
-Dicen que en Venezuela montaba una guitarra.
-Que en Buenos Aires entraba en bandoneones y discépolos.
-Que en Uruguay punteaba una milonga con el Diablo.
-Y en Brasil vestido de caboclo bajaba a los terreiros.
-Pero si ayer nomás saltó en Santo Domingo.
-Si en Colombia era cumbia de los filibusteros.
-Si lo vi esta mañana con su risa terrible soltándole los duendes al espejo.
-A mí casi me mata la otra noche, se me subió con un millón de sátiros al sueño.
-Ese lío en Bolivia es cosa suya.
-Y esos ladridos en la noche no son perros.
-Y esa sombra que pasa, ¿por qué pasa?
-Y no me gustan nada esos berridos junto al pecho.
-A lo mejor está en la pampa y es graznido.
-A lo mejor está en la calle y es el viento.
-A lo mejor es una fiebre que no cura.
-A lo mejor es rebelión y está viniendo.
Humberto Costantini
martes, 27 de noviembre de 2007
Gustavo
tu inmensa carcajada
llenándome la pieza de veranos.
Sobre todo, una noche,
tu alegría
despertando los pájaros,
las ganas,
los poemas leídos trago a trago.
Hermano mío,
hijo,
compañero,
Gustavo.
Me dijeron
que cuando te llevaban a la muerte
todos los compañeros y vos
iban cantando.
Iban cantando,
iban
seguramente maltrechos, torturados,
iban
tal vez llenos de miedo,
tal vez sabiendo bien a dónde iban,
iban
con marcas de picana, con dolores
terribles,
con ahogos,
con costras en la piel,
con sangre en la camisa,
con espanto.
Pero iban
marchando junto a vos.
Quiero decir que iban
cálidamente llenos de Gustavo,
por eso (me gusta suponerlo)
todos iban cantando.
Humberto Costantini
sábado, 24 de noviembre de 2007
Opción
seguramente sería el Diablo,
o Dios,
porque me dijo,
hay que elegir, me dijo,
eso me dijo.
Pero a la voz le contesté,
no elijo,
yo no elijo, señor, dije
no elijo,
tengo un hambre multívora, caníbal,
un hambre atroz, total, incontenible
y quiero todo, dije,
el verso, el hijo,
así le dije, y dije
no transijo,
y aunque me parta en cuatro
bien claro se lo dije,
al Diablo, a Dios le dije,
eso le dije.
Humberto Costantini
lunes, 19 de noviembre de 2007
INFORMACIONES
Tengo ojos,
recuerdos,
angina tabacal,
estupideces.
Has de saber, el mundo
bueno, caramba, existe.
Tiene vietnams, mochilas,
hecatombes,
corpiños que se agitan en las sogas,
megatones,
esmog,
glicinas en septiembre.
Has de saber, el universo
existe, claro, y canta,
canta de una manera empecinada.
Tiene soles,
galaxias,
millones de años luz,
creo que mucho hidrógeno,
pero también tiene domingos,
cintas rosas viejísimas en paquetes de cartas,
palomas de maíz
y atardeceres.
Has de saber, el tiempo
es un gran resbalón al infinito,
es una vieja silla en el desván,
es un escalofrío,
es una pesadilla de átomos,
es un lío realmente.
Pero además el tiempo,
todo el tiempo,
todo el podrido tiempo
son estas cinco horas,
estos quinientos siglos,
esta piojosa pila de planillas
que falta para verte.
Humberto Costantini
El futuro
Qué lindo era el futuro,
el futuro
del pizarrón de cuarto grado,
todo hecho con tizas de colores
y una confianza buena,
de las viejas,
de esas que ya no se consiguen
ni pagando al contado.
Era realmente lindo, lindo
aquel futuro
del pizarrón de cuarto,
había chicos decentes
tomados de la mano
chicos con las orejas limpias
y las medias derechas
y los dientes seguramente cepillados.
Juro que era lindísimo
el futuro
del pizarrón de cuarto grado.
Había toros, libélulas y ríos
había trenes, palomas y silos y aeroplanos
había campos y escuelas y edificios altísimos
había vacas y ovejas
bellamente pastando
Había una iglesia y un trigal
y un puerto con muchísimos barcos
Al fondo, por supuesto,
un ancho sol naciente en amarillo,
con sus ojos, su boca, su sonrisa
en realidad
bastante parecido
al de la tapa del cuaderno 'Sol de Mayo'
pero de todos modos era una maravilla
aquel futuro
del pizarrón de cuarto grado.
¡Ah, si pudiera entrar en el futuro!
en el futuro aquel en seis colores
del pizarrón de cuarto grado
Cómo caminaría derechito
hacia el gordo sonriente en amarillo
acogedor, humano.
Cómo andaría entre toros, libélulas y ríos
y trenes y palomas y aeroplanos.
A lo mejor iría
tomado de la mano
de algún chico decente, buenito, bien peinado.
Caminaríamos alegres y llenos de esperanza
porque, es claro...
el camino sería bello y fácil
como eran los caminos del futuro
en el lindo futuro
del pizarrón de cuarto grado.
Sin barreras, sin piedras,
sin pozos, sin semáforos
nadie nos pediría documentos
ni nos requisarían baleros subversivos
ni nos sospecharían ladrones
o extremistas o infiltrados
Nadie nos metería, por supuesto,
en un atroz fantasmagórico Ford Falcon,
ni mucho menos iríamos a aparecer al otro día
junto a un montón de cápsulas servidas,
ni dirían los diarios
con sus letras chiquititas y su fea sintaxis
cosas como "se procedió a identificarlos"
No, no,
sencillamente no,
porque eso no figuraba para nada en el futuro,
porque eso la señorita no lo había dibujado
con borrador, y tiza y esperanza
en el prolijo y diáfano futuro
del pizarrón de cuanto grado.
El cual como se sabe estaba todo hecho
con tizas de colores
con un redondo sol de Sol de Mayo
y una confianza buena,
de las viejas,
de esas que ya no se consiguen
ni pagando al contado.
Humberto Costantini
(Costantini, no Constantini. Gracias, Alina)
martes, 30 de octubre de 2007
Gardel
Seguramente fue una tarde de domingo,
con mate,
con recuerdos,
con tristeza,
con bailables bajito en la radio
después de los partidos.
Seguramente nos dolía una foto en la pared,
algún no tengo ganas,
algún libro.
Yo creo que andaríamos así,
sonsos de aburrimiento,
solitariando viejos para qués,
sin mujer o sin plata,
y desabridos.
Seguramente nos sentimos de golpe
terriblemente solos,
muy huérfanos,
muy niños.
Tal vez tocamos fondo.
Tal vez alguien pensó en el amasijo.
Entonces, qué se yo,
nos pasó algo rarísimo.
Nos vino como un ángel desde adentro,
nos pusimos proféticos,
nos despertamos bíblicos.
Miramos hacia las telarañas del techo,
nos dijimos:
"Hagamos, pues, un Dios a semejanza
de lo que quisimos ser y no pudimos.
Démosle lo mejor,
lo más sueño y más pájaro
de nosotros mismos.
Inventémosle un nombre, una sonrisa
una voz que perdure por los siglos,
un plantarse en el mundo, lindo, fácil,
como pasándole ases al destino."
Y claro, lo deseamos
y vino.
Y nos salió morocho, glorioso, engominado,
eterno como un Dios o como un disco.
Se entreabrieron los cielos de costado
y su voz nos cantaba:
"Mi Buenos Aires querido..."
Eran como las seis,
esa hora en que empiezan los bailables
y ya terminaron todos los partidos.
Humberto Costantini (1924 – 1987)
