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martes, 26 de agosto de 2014

Fue hace cien años...

... que nació Julio Cortázar. Hay gente que vive para contagiar vida y, cuando se van, sucede que se va difuminando también nuestro propio aliento.





He aquí dos relatos, leídos por él mismo: Torito y Casa tomada.

jueves, 8 de mayo de 2008

El murciélago rubio

Hubo una vez un gran murciélago rubio que se sentó junto a un barman.
El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto.
Mientras volaban a 40 millas por hora en el Subterráneo Independiente, el barman se preguntó si esos cándidos ojos azules arderían en la penumbra como tranquilas llamas púrpuras, como las lamparitas azules de los extremos de las plataformas del subte.
El vestido de ella estaba hecho de terciopelo negro con alas de seda negra y guantes de raso; llevaba una curiosa máscara, que revelaba más de su rostro de lo que ocultaba; sus zapatos eran de tacón alto y afelpados, y él advirtió que sus pies eran delicados, y se preguntó si ella estaría descalza debajo de esos zapatos o llevaría medias, y apostó a que tenía lindos dedos de los pies.
Este barman se estaba enamorando.
Era realmente algo raro: un barman enamorándose de una extraña chica rubia que llevaba un traje de murciélago, en un subterráneo.
La mayoría de los idilios en subterráneo se bajan en la calle 34 para ir a una estación de ferrocarril de ahí a Saskatchewan: pero no tiene por qué ser de esa manera.
Por ejemplo, en esta historia el barman no sólo tendrá el valor de hablarle a esta chica: hasta se enamorarán los dos.
¡Cómo!, dicen ustedes. Están un poco indignados.
Me acusan de sadismo. Permitir que mi personaje, el barman gordo, de cara colorada, se enamore de esta muchachita. Ella se cansará pronto de él, dicen ustedes, lo dejará por un hombre más joven, más adecuado, pues a través de la riqueza y el buen gusto de su traje, y la dignidad y la gracia de sus rasgos, es obvio que proviene de una buena familia. ¡Cuán infeliz harás al barman!, me dicen ustedes.
¡Tonterías! Yo no voy a hacer infeliz al barman.
Con seguridad, sin embargo, el barman tendrá muchos meses horribles después de esta noche de amor, y muchos años de tristeza después, pero esto no es la infelicidad, porque él hará muchas buenas acciones en agradecimiento al mundo por permitirle esta noche mágica.
No, la infelicidad es otra cosa; la infelicidad es no tener el valor. Pero volvamos a la historia: el tren entró rugiendo en la estación de Delancey Street y los ojos del barman se le salieron de las órbitas porque montones de gente disfrazada estaban bailando y cantando y soplando cornetas y corriendo y gritando y exaltándose en la plataforma del subte.
La chica se levantó.
El barman se levantó también, y con ojos ausentes y distraídos la siguió hasta el andén y fue allí donde habló con ella.
Ella lo miró, asombrada; lo miró de arriba a abajo; después se rió, pero no estaba riéndose de él, de eso estaba él seguro: era una risa de alegría que él iba a recordar.
Ella corrió.
El la persiguió!
Ella corrió a través de la muchedumbre, era escurridiza, parecía deslizarse entre estos locos parranderos gesticulantes, mientras él tenía que luchar por cada pulgada y en su apasionada persecución le pisó un dedo a Napoleón, derribó a una bruja gorda y chillona, golpeó a un payaso en el estómago, sentó en el suelo a un sorprendido gorila, tropezó con la reina de Inglaterra, y ella corría y corría, fuera del subte, por Delancey Street hacia el río, hasta que él la atrapó y ella se quedó quieta en sus brazos mientras tomaba aliento, lanzando ocasionales risitas de alegría.
Era tan suave que él la besó, y después caminaron juntos, del brazo, mirando los fuegos artificiales y las multitudes, deteniéndose aquí y allá para tomar una cerveza.
¡Toda la ciudad estaba de fiesta!
Todo el mundo estaba disfrazado, todo el mundo tenía careta, y había reflectores, papel picado y fuegos artificiales por todas partes, como si fuera un maravilloso carnaval o algo así, y el barman se sintió un poco fuera de lugar con sus apagadas ropas de calle, sin una careta tan siquiera.
Pero la chica le dijo que estaba muy bien vestido.
Y él le preguntó qué era toda esa celebración, no había oído hablar de ninguna, pero ella simplemente se rió y lo besó, y eso fue todo.
Y así bregaron felizmente a través de las multitudes y de la noche, deteniéndose de vez en cuando para bailar, con una extraña música lenta en las tabernas, o con el jazz salvaje que se tocaba en casi todos los rincones.
Ella señaló un gran reloj en un edificio. Eran las once en punto.
Ella lo hizo apurar hasta una larga fila que caminaba lentamente ante la plataforma de un jurado, y cuando les llegó el turno los jurados hicieron un gran alboroto sobre ellos, y un jurado insistía en señalar con admiración la corbata brillante del barman, de modo que ganaron el concurso y ambos obtuvieron grandes copas de amor.
Los jurados los condujeron ante un gigantesco trono del amor, alzado muy por encima de la multitud que aclamaba, un tremendo almohadón, más grande que un colchón.
¡Era el trono para ellos! ¡Eran el rey y la reina de la noche! Habían ganado el concurso de disfraces.
Entonces el barman escuchó un tremendo tañido, la muchedumbre empezó a gritar y a aullar.
Él escuchó una sirena, baja, mucho tiempo.
La calle Delancey
había enloquecido.
Su chica se sacó la máscara y él contuvo el aliento, tan hermosa era mientras señalaba el gran reloj en el edificio; ella lo dijo en susurros, tierna de pasión, amorosamente; le dijo: "¡Es medianoche! ¡Quítate la careta!".



Spencer Holst

(Qué autores tan geniales nos descubres, Alina. Gracias).

miércoles, 19 de marzo de 2008

Arthur Clarke: Odisea final


Hoy ha muerto en Sri Lanka (antes Ceilán) el escritor de ciencia ficción, divulgador científico e inventor (fue el primero en sugerir la idea de los satélites artificiales para fines de comunicación) Sir Arthur C. Clarke, a los noventa años de edad.

Sus relatos y novelas de ciencia ficción se caracterizan por su verosimilitud en lo que se refiere a los detalles técnicos o científicos en general. Su relato corto "The Sentinel" (El centinela) fue el germen del guión de la película 2001: una odisea del espacio, producida y dirigida por Stanley Kubrick, película que es un clásico del género además de uno de productos mejor logrados del cine. Clarke escribió su novela homónina al mismo tiempo que desarrollaba el guión --al alimón con Kubrick--, y de hecho simultáneamente con partes de la película. Más tarde seguirían las otras tres novelas de la tetralogía Odisea (2001: Una odisea espacial -1968-, 2010: Odisea dos --1982--, 2061: Odisea tres ---1987--- y 3001: Odisea final ---1996---).

El fin de la infancia, Cita con Rama, la colección de relatos El viento del Sol y Relatos de diez mundos son algunas de sus obras más conocidas. Clarke residía en Sri Lanka desde 1956, lugar que eligió principalmente debido a su interés por la exploración submarina.

Otro de los sellos que distinguen a la obra de ciencia ficción de Clarke es su preocupación por lo que sería el contacto con civilizaciones alienígenas. Su punto de vista en relación con este aspecto es que nos separarían diferencias tan grandes que impedirían de hecho una comunicación efectiva. El resultado sería semejante a lo que viene a ser por parte nuestra el descubrimiento de un hormiguero, por poner un ejemplo. De hecho esta cuestión constituye el hilo conductor de 2001: Una odisea espacial, desde el monolito inicial dejado en la Tierra por una civilización externa que visita planetas en busca de indicios prometedores de vida inteligente, pasando por el monolito en la luna que hace las funciones de testigo (El centinela), hasta el monolito-puerto hacia las estrellas en las cercanías de Júpiter. Cuando a través de una especie de agujero espacial se alcanza el contacto con la civilización ---ahora en una etapa tan evolucionada que les otorga una entidad no material--- la comunicación no es posible. No lo es desde luego en el sentido del entendimiento humano con la civilización que le captura, aunque ésta lo explora en ambos sentidos: recorre su memoria (Bowman se ve niño) y extrapola el devenir de su ser hacia el futuro (Bowman se ve anciano), para terminar convirtiéndolo en una entidad energética, el niño-estrella que regresa a la Tierra.

Tanto la película como la novela presenta otro de los temas frecuentes en la ficción científica: la posibilidad de adquisición de conciencia propia por parte de las máquinas complejas, como es el caso del computador de a bordo, HAL 9000. Es antológica la escena de la regresión 'mental' del autómata, evocando recuerdos antiguos, a medida que David Bowman le va retirando ---en un trabajo de ' lobotomía' extrema--- tarjetas de circuitería hasta el desarme total de la máquina. Este pasaje revela mejor que cualesquiera otros (las discusiones con los tripulantes) que HAL había adquirido ciertamente alguna forma de conciencia; en este sentido su conducta no debe interpretarse mediante los parámetros con los que se presenta el comportamiento de los famosos robots de Isaac Asimov (Yo, robot y demás obras de la serie), en las cuales las pautas en apariencia arbitrarias no son sino el resultado de un conflicto interno entre las 'tres leyes fundamentales de la robótica'. Así pues, los robots de Asimov son máquinas sin alma que dan muestras de comportamientos no esperados, pero está claro que HAL desarrolla conciencia de sí mismo. Nuestra opinión, no obstante, es que este fenómeno no puede darse en un autómata construido para seguir pautas de tipo algorítmico. Cabe pensar que la conciencia sea una propiedad emergente de organismos materiales cuando se da el requisito necesario ---y probablemente no suficiente--- de una complejidad muy elevada, pero otro requisito es que dicha complejidad no esté sujeta al seguimiento de pautas algorítmicas, como sucede con los computadores. La limitación de lo que es posible realizar mediante algoritmos ha sido explorada por la disciplina de la teoría de la computabilidad, uno de cuyos iniciadores fue Alan Turing. Conviene destacar, no obstante, que, pensando probablemente en estas limitaciones, Clarke describiera a HAL como "computador algorítmico programado heurísticamente" (Heuristically programmed ALgorithmic computer), lo que en cierto modo relaja la restricción aludida.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El evangelio según Marcos

El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.

El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

-Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

-Las aguas están bajas. Ya falta poco.

-Ya falta poco -repitió Gutrel, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

Jorge Luis Borges

miércoles, 23 de enero de 2008

Le Soufflet de Charlotte Corday

La muerte de Marat (1860) / Paul-Jacques-Aimé Baudry
Museo de Bellas Artes de Nantes, Francia


Les Mille et Un Fantômes

V - Le Soufflet de Charlotte Corday


Ainsi que tout ce qui était chez M. Ledru, cette table avait son caractère.

C'était un grand fer à cheval appuyé aux fenêtres du jardin, laissant les trois quarts de l'immense salle libres pour le service. Cette table pouvait recevoir vingt personnes, sans qu'aucune fût gênée; on y mangeait toujours, soit que M. Ledru eût, un, deux, quatre, dix, vingt convives; soit qu'il mangeât seul: ce jour-là nous étions six seulement, et nous en occupions le tiers à peine.

Tous les jeudis, le menu était le même. M. Ledru pensait que, pendant les huit jours écoulés, les convives avaient pu manger autre chose soit chez eux, soit chez les autres hôtes qui les avaient conviés. On était donc sûr de trouver chez M. Ledru, tous les jeudis, le potage, le boeuf, un poulet à l'estragon, un gigot rôti, des haricots et une salade.

Les poulets se doublaient ou se triplaient selon les besoins des convives.

Qu'il y eût peu, point, ou beaucoup de monde, M. Ledru se tenait toujours à l'un des bouts de la table, le dos au jardin, le visage vers la cour. Il était assis dans un grand fauteuil incrusté depuis dix ans à la même place;—là il recevait, des mains de son jardinier Antoine, converti, comme maître Jacques, en valet de pied, outre le vin ordinaire, quelques bouteilles de vieux bourgogne qu'on lui apportait avec un respect religieux, et qu'il débouchait et servait lui-même à ses convives avec le même respect et la même religion.

Il y a dix-huit ans, on croyait encore à quelque chose; dans dix ans, on ne croira plus à rien, pas même au vin vieux.

Après le dîner, on passait au salon pour le café.

Le dîner s'écoula comme s'écoule un dîner, à louer la cuisinière, à vanter le vin.—La jeune femme seule ne mangea que quelques miettes de pain, ne but qu'un verre d'eau, et ne prononça pas une seule parole.

Elle me rappelait cette goule des Mille et une Nuits qui se mettait à table comme les autres, mais seulement pour manger quelques grains de riz avec un cure-dents.

Après le dîner, comme d'habitude, on passa au salon.

Ce fut naturellement à moi à donner le bras à notre silencieuse convive. Elle fit vers moi la moitié du chemin pour le prendre. C'était toujours la même mollesse dans les mouvements, la même grâce dans la tournure, je dirai presque la même impalpabilité dans les membres.

Je la conduisis à une chaise longue où elle se coucha.

Deux personnes avaient, pendant que nous dînions, été introduites au salon.

C'étaient le docteur et le commissaire de police.

Le commissaire de police venait nous faire signer le procès-verbal que Jacquemin avait déjà signé dans sa prison.

Une légère tache de sang se faisait remarquer sur le papier.

Je signai à mon tour, et en signant:

—Qu'est-ce que cette tache? demandai-je; et ce sang vient-il de la femme ou du mari?

—Il vient, me répondit le commissaire, de la blessure que le meurtrier avait à la main et qui continue de saigner sans qu'on puisse arrêter le sang.

—Comprenez-vous, monsieur Ledru, dit le docteur, que cette brute-là persiste à affirmer que la tête de sa femme lui a parlé?

—Et vous croyez la chose impossible, n'est-ce pas, docteur?

—Parbleu!

—Vous croyez même impossible que les yeux se soient rouverts?

—Impossible.

—Vous ne croyez pas que le sang, interrompu dans sa fuite par cette couche de plâtre qui a bouché immédiatement toutes les artères et tous les vaisseaux, ait pu rendre à cette tête un moment de vie et de sentiment?

—Je ne crois pas.

—Eh bien! dit M. Ledru, moi je le crois.

—Moi aussi, dit Alliette.

—Moi aussi, dit l'abbé Moulle.

—Moi aussi, dit le chevalier Lenoir.

—Moi aussi, dis je.

Le commissaire de police et la dame pâle seuls ne dirent rien: l'un sans doute parce que la chose ne l'intéressait point assez, l'autre peut-être parce que la chose l'intéressait trop.

—Ah! si vous êtes tous contre moi, vous aurez raison. Seulement, si un de vous était médecin...

—Mais, docteur, dit M. Ledru, vous savez que je le suis à peu près.

—En ce cas, dit le docteur, vous devez savoir qu'il n'y a plus de douleur là où il n'y a plus de sentiment, et que le sentiment est détruit par la section de la colonne vertébrale.

—Et qui vous a dit cela? demanda M. Ledru.

—La raison, parbleu!

—Oh! la bonne réponse. Est-ce que ce n'est pas aussi la raison qui disait aux juges qui ont condamné Galilée que c'était le soleil qui tournait et la terre qui restait immobile? La raison est une sotte, mon cher docteur. Avez-vous fait des expériences vous-même sur des têtes coupées?

—Non, jamais.

—Avez-vous lu les dissertations de Sommering? avez-vous lu les procès-verbaux du docteur Sue? avez-vous lu les protestations d'Oelcher?

—Non.

—Ainsi, vous croyez, n'est-ce pas, sur le rapport de M. Guillotin, que sa machine est le moyen le plus sûr, le plus rapide et le moins douloureux de terminer la vie?

—Je le crois.

—Eh bien! vous vous trompez, mon cher ami, voilà tout.

—Ah! par exemple!

—Écoutez, docteur, puisque vous avez fait un appel à la science, je vais vous parler science; et aucun de nous, croyez-le bien, n'est assez étranger à ce genre de conversation pour n'y point prendre part.

Le docteur fit un geste de doute.

—N'importe, vous comprendrez tout seul alors. Nous nous étions rapprochés de M. Ledru, et, pour ma part, j'écoutais avidement: cette question de la peine de mort appliquée, soit par la corde, soit par le fer, soit par le poison, m'ayant toujours singulièrement préoccupé comme question d'humanité. J'avais même de mon côté fait quelques recherches sur les différentes douleurs qui précèdent, accompagnent et suivent les différents genres de mort.

—Voyons, parlez, dit le docteur d'un ton incrédule.

—Il est aisé de démontrer à quiconque possède la plus légère notion de la construction et des forces vitales de notre corps, continua M. Ledru, que le sentiment n'est pas entièrement détruit par le supplice, et, ce que j'avance, docteur, est fondé, non point sur des hypothèses, mais sur des faits.


—Voyons ces faits.

—Les voici: 1° le siège du sentiment est dans le cerveau, n'est-ce pas?

—C'est probable.

—Les opérations de cette conscience du sentiment peuvent se faire, quoique la circulation du sang par le cerveau soit suspendue, affaiblie ou partiellement détruite.

—C'est possible.

—Si donc le siège de la faculté de sentir est dans le cerveau, aussi longtemps que le cerveau conserve sa force vitale, le supplicié a le sentiment de son existence.

—Des preuves?

—Les voici: Haller, dans ses Éléments de physique, t. IV, p. 55, dit:

«Une tête coupée rouvrit les yeux et me regarda de côté, parce que, du bout du doigt, j'avais touché sa moelle épinière.»

—Haller, soit; mais Haller a pu se tromper.

—Il s'est trompé, je le veux bien. Passons à un autre. Weycard, Arts philosophiques, p. 221, dit: «J'ai vu se mouvoir les lèvres d'un homme dont la tête était abattue.»


—Bon; mais de se mouvoir à parler...

—Attendez, nous y arrivons. Voici Sommering; ses oeuvres sont là, et vous pouvez chercher. Sommering dit:

«Plusieurs docteurs, mes confrères, m'ont assuré avoir vu une tête séparée du corps grincer des dents de douleur, et moi je suis convaincu que si l'air circulait encore par les organes de la voix, les têtes parleraient.»

—Eh bien! docteur, continua M. Ledru en pâlissant, je suis plus avancé que Sommering: une tête m'a parlé, à moi.

Nous tressaillîmes tous. La dame pâle se souleva sur sa chaise longue.

—A vous?

—Oui, à moi; direz-vous aussi que je suis un fou?

—Dame! fit le docteur, si vous me dites qu'à vous-même...

—Oui, je vous dis qu'à moi-même la chose est arrivée. Vous êtes trop poli, n'est-ce pas, docteur, pour me dire tout haut que je suis un fou; mais vous le direz tout bas, et cela reviendra absolument au même.

—Eh bien! voyons, contez-nous cela, dit le docteur.

—Cela vous est bien aisé à dire. Savez-vous que ce que vous me demandez de vous raconter, à vous, je ne l'ai jamais raconté à personne depuis trente-sept ans que la chose m'est arrivée; savez-vous que je ne réponds pas de ne point m'évanouir en vous la racontant, comme je me suis évanoui quand cette tête a parlé, quand ces yeux mourants se sont fixés sur les miens?

Le dialogue devenait de plus en plus intéressant, la situation de plus en plus dramatique.

—Voyons, Ledru, du courage? dit Alliette, et contez-nous cela.

—Contez-nous cela, mon ami, dit l'abbé Moulle.

—Contez, dit le chevalier Lenoir.

—Monsieur... murmura la femme pâle.

Je ne dis rien, mais mon désir était dans mes yeux.

—C'est étrange, dit M. Ledru sans nous répondre et comme se parlant à lui-même, c'est étrange comme les événements influent les uns sur les autres! Vous savez qui je suis, dit M. Ledru en se tournant de mon côté.

—Je sais, monsieur, répondis-je, que vous êtes un homme fort instruit, fort spirituel, qui donnez d'excellents dîners, et qui êtes maire de Fontenay-aux-Roses.

M. Ledru sourit en me remerciant d'un signe de tête.

—Je vous parie de mon origine, de ma famille, dit-il.

—J'ignore votre origine, monsieur, et ne connais point votre famille.

—Eh bien! écoutez, je vais vous dire tout cela, et puis peut-être l'histoire que vous désirez savoir, et que je n'ose pas vous raconter, viendra-t-elle à la suite. Si elle vient, eh bien! vous la prendrez; si elle ne vient point, ne me la redemandez pas: c'est que la force m'aura manqué pour vous la dire.

Tout le monde s'assit et prit ses mesures pour écoutera son aise.

Au reste, le salon était un vrai salon de récits ou de légendes, grand, sombre, grâce aux rideaux épais et au jour qui allait mourant, dont les angles étaient déjà en pleine obscurité, tandis que les lignes qui correspondaient aux portes et aux fenêtres conservaient seules un reste de lumière.

Dans un de ces angles était la dame pâle. Sa robe noire était entièrement perdue dans la nuit. Sa tête seule, blanche, immobile et renversée sur le coussin du sopha, était visible.

M. Ledru commença:

—Je suis, dit-il, le fils du fameux Comus, physicien du roi et de la reine; mon père, que son surnom burlesque a fait classer parmi les escamoteurs et les charlatans, était un savant distingué de l'école de Volta, de Galvani et de Mesmer. Le premier, en France il s'occupa de fantasmagorie et d'électricité, donnant des séances de mathématiques et de physique à la cour.

La pauvre Marie-Antoinette, que j'ai vue vingt fois, et qui plus d'une fois m'a pris par les mains et embrassé lors de son arrivée en France, c'est-à-dire lorsque j'étais un enfant, Marie-Antoinette raffolait de lui. A son passage en 1777, Joseph II déclara qu'il n'avait rien vu de plus curieux que Comus.

Au milieu de tout cela, mon père s'occupait de l'éducation de mon frère et de la mienne, nous initiant à ce qu'il savait de sciences occultes, et à une foule de connaissances galvaniques, physiques, magnétiques, qui aujourd'hui sont du domaine public, mais qui à cette époque étaient des secrets, privilèges de quelques-uns seulement; le titre de physicien du roi fit, en 93, emprisonner mon père; mais, grâce à quelques amitiés que j'avais avec la Montagne, je parvins à le faire relâcher.

Mon père alors se retira dans cette même maison où je suis, et y mourut en 1807, âgé de soixante-seize ans.

Revenons à moi.

J'ai parlé de mes amitiés avec la Montagne. J'étais lié en effet avec Danton et Camille Desmoulins. J'avais connu Marat plutôt comme médecin que comme ami. Enfin, je l'avais connu. Il résulta de cette relation que j'eus avec lui, si courte qu'elle ait été, que, le jour où l'on conduisit mademoiselle de Corday à l'échafaud, je me résolus à assister à son supplice.

—J'allais justement, interrompis-je, vous venir en aide dans votre discussion avec M. le docteur Robert sur la persistance de la vie en racontant le fait que l'histoire a consigné relativement à Charlotte de Corday.

—Nous y arrivons, interrompit M. Ledru, laissez-moi dire. J'étais témoin; par conséquent à ce que je dirai vous pourrez croire.

Dès deux heures de l'après-midi j'avais pris mon poste près de la statue de la Liberté. C'était par une chaude matinée de juillet; le temps était lourd, le ciel était couvert et promettait un orage.

A quatre heures l'orage éclata; ce fut à ce moment-là même, à ce que l'on dit, que Charlotte monta sur la charrette.

On l'avait été prendre dans sa prison au moment où un jeune peintre était occupé à faire son portrait. La mort jalouse semblait vouloir que rien ne survécût de la jeune fille, pas même son image.

La tête était ébauchée sur la toile, et, chose étrange! au moment ou le bourreau entra, le peintre en était à cet endroit du cou que le fer de la guillotine allait trancher.

Les éclairs brillaient, la pluie tombait, le tonnerre grondait; mais rien n'avait pu disperser la populace curieuse; les quais, les ponts, les places. étaient encombrés; les rumeurs de la terre couvraient presque les rumeurs du ciel. Ces femmes, qu'on appelait du nom énergique de lécheuses de guillotine, la poursuivaient de malédictions. J'entendais ces rugissements venir à moi comme on entend ceux d'une cataracte. Longtemps avant que l'on pût rien apercevoir, la foule ondula; enfin, comme un navire fatal, la charrette apparut, labourant le flot, et je pus distinguer la condamnée, que je ne connaissais pas, que je n'avais jamais vue.

C'était une belle jeune fille de vingt-sept ans, avec des yeux magnifiques, un nez d'un dessin parfait, des lèvres d'une régularité suprême. Elle se tenait debout, la tête levée, moins pour paraître dominer cette foule, que parce que ses mains liées derrière le dos la forçaient de tenir sa tête ainsi. La pluie avait cessé; mais, comme elle avait supporté la pluie pendant les trois quarts du chemin, l'eau qui avait coulé sur elle dessinait sur la laine humide les contours de son corps charmant; on eût dit qu'elle sortait du bain. La chemise rouge dont l'avait revêtue le bourreau donnait un aspect étrange, une splendeur sinistre, à cette tête si fière et si énergique. Au moment où elle arrivait sur la place, la pluie cessa, et un rayon de soleil, glissant entre deux nuages, vint se jouer dans ses cheveux, qu'il fit rayonner comme une auréole. En vérité, je vous le jure, quoiqu'il y eût derrière cette jeune fille un meurtre, action terrible, même lorsqu'elle venge l'humanité, quoique je détestasse ce meurtre, je n'aurais su dire si ce que je voyais était une apothéose ou un supplice. En apercevant l'échafaud, elle pâlit; et cette pâleur fut sensible, surtout à cause de cette chemise rouge, qui montait jusqu'à son cou; mais presque aussitôt elle fit un effort, et acheva de se tourner vers l'échafaud, qu'elle regarda en souriant.

La charrette s'arrêta; Charlotte sauta à terre sans vouloir permettre qu'on l'aidât à descendre, puis elle monta les marches de l'échafaud, rendues glissantes par la pluie qui venait de tomber, aussi vite que le lui permettait la longueur de sa chemise traînante et la gêne de ses mains liées. En sentant la main de l'exécuteur se poser sur son épaule pour arracher le mouchoir qui couvrait son cou, elle pâlit une seconde fois, mais, à l'instant même, un dernier sourire vint démentir cette pâleur, et d'elle-même, sans qu'on l'attachât à l'infâme bascule, dans un élan sublime et presque joyeux, elle passa sa tête par la hideuse ouverture. Le couperet glissa, la tête détachée du tronc tomba sur la plate-forme et rebondit. Ce fut alors, écoutez bien ceci, docteur, écoutez bien ceci, poète, ce fut alors qu'un des valets du bourreau, nommé Legros, saisit cette tête par les cheveux, et, par une vile adulation à la multitude, lui donna un soufflet. Eh bien! je vous dis qu'à ce soufflet la tête rougit; je l'ai vue, la tête, non pas la joue, entendez-vous bien? non pas la joue touchée seulement, mais les deux joues, et cela d'une rougeur égale, car le sentiment vivait dans cette tête, et elle s'indignait d'avoir souffert une honte qui n'était point portée à l'arrêt.

Le peuple aussi vit cette rougeur, et il prit le parti de la morte contre le vivant, de la suppliciée contre le bourreau. Il demanda, séance tenante, vengeance de cette indignité, et, séance tenante, le misérable fut remis aux gendarmes et conduit en prison.

Attendez, dit M. Ledru, qui vit que le docteur voulait parler, attendez, ce n'est pas tout.

Je voulais savoir quel sentiment avait pu porter cet homme à l'acte infâme qu'il avait commis. Je m'informai du lieu où il était; je demandai une permission pour le visiter à l'Abbaye, où on l'avait enfermé, je l'obtins et j'allai le voir.

Un arrêt du tribunal révolutionnaire venait de le condamner à trois mois de prison. Il ne comprenait pas qu'il eût été condamné pour une chose si naturelle que celle qu'il avait faite.

Je lui demandai ce qui avait pu le porter à cette action.

—Tiens, dit-il, la belle question! Je suis maratiste, moi; je venais de la punir pour le compte de la loi, j'ai voulu la punir pour mon compte.

—Mais, lui dis-je, vous n'avez donc pas compris qu'il y a presque un crime dans cette violation du respect dû à la mort?

—Ah ça! me dit Legros en me regardant fixement, vous croyez donc qu'ils sont morts, parce qu'on les a guillotinés, vous?

—Sans doute.

—Eh bien! on voit que vous ne regardez pas dans le panier quand ils sont là tous ensemble; que vous ne leur voyez pas tordre, les yeux et grincer des dents pendant cinq minutes encore après l'exécution. Nous sommes obligés de changer de panier tous les trois mois, tant ils en saccagent le fond avec les dents. C'est un tas de têtes d'aristocrates, voyez-vous, qui ne veulent pas se décider à mourir, et je ne serais pas étonné qu'un jour quelqu'une d'elles se mit à crier: Vive le roi!

Je savais tout ce que je voulais savoir; je sortis, poursuivi par une idée: c'est qu'en effet ces têtes vivaient encore, et je résolus de m'en assurer.

Alexandre Dumas

La bofetada a Charlotte Corday

[...]
-Soy -dijo- hijo del famoso Comus, físico del rey y de la reina; mi padre, al que su apodo burlesco hizo que lo incluyeran entre los prestidigitadores y charlatanes, era un sabio distinguido de la escuela de Volta, de Galvani y de Mesmer. Fue el primero que, en Francia, se ocupó de fantasmagoría y de electricidad, pronunciando conferencias de matemáticas y de física en la corte.

"La pobre María Antonieta, que yo vi veinte veces, y que más de una vez me tomó de las manos y me besó cuando estaba recién llegada a Francia, es decir, cuando yo era un niño, María Antonieta era gran admiradora suya. A su paso por París, en 1777, el emperador Joseph II declaró que no había visto nada más curioso que Comus.

"En medio de todo eso, mi padre se ocupaba de la educación de mi hermano y de la mía, iniciándonos en todo cuanto sabía de ciencias ocultas y en un montón de conocimientos galvánicos, físicos, magnéticos, que hoy son ya de dominio público, pero que en aquellos momentos eran secretos, privilegio sólo de unos pocos; el título de físico del rey, hizo que mi padre fuera encarcelado en 1793; pero, gracias a algunas amistades que yo tenía en la Montaña, conseguí que lo liberaran. Mi padre se retiró a esta misma casa en la que vivo ahora, y falleció en 1807, a la edad de setenta y seis años.

"Volvamos a mí. Acabo de mencionar mi amistad con miembros de la Montaña. Estaba relacionado efectivamente con Danton y con Camille Desmoulins. A Marat lo había conocido más como médico que como amigo. Pero, en fín, lo había conocido. Como consecuencia de la relación que tuve con él, por corta que fuera, el día en que condujeron a la señorita de Corday al cadalso, decidí asistir a su ejecución."

-Yo iba exactamente -interrumpí- a ayudarle en su discusión con el doctor Robert acerca de la persistencia de la vida, contando un hecho que la historia ha consignado relativo a Charlotte de Corday.

-Ahora llego a eso -interrumpió el señor Ledru- deje que lo cuente yo. Yo fui testigo, por lo tanto pueden creer totalmente lo que voy a contar.

"Desde las dos del mediodía había ocupado un sitio cerca de la estatua de la Libertad. Era un día caluroso de julio; el tiempo estaba pesado, el cielo nublado y amenazaba tormenta. A las cuatro la tormenta se desencadenó; según dicen, fue en el instante preciso en el que Charlotte subió a la carreta. Habían ido a buscarla a la cárcel en el momento en que un joven pintor estaba haciendo su retrato. La muerte celosa parecía desear que nada sobreviviera a la joven, ni siquiera su imagen. La cabeza estaba esbozada ya sobre el lienzo y, ¡cosa extraña!, cuando el verdugo entró, el pintor estaba pintando justamente la parte del cuello que la cuchilla de la guillotina iba a cortar.

"Los relámpagos brillaban, la lluvia caía, los truenos sonaban; pero nada había podido dispersar al populacho curioso; los muelles, los puentes, las plazas estaban atiborrados; los ruidos de la tierra cubrían casi los ruidos del cielo. Las mujeres, conocidas con el nombre enérgico de «golosas de guillotina», la perseguían lanzándole maldiciones. Oí esos rugidos aproximarse a mí como se oye el rumor de una catarata. Mucho tiempo antes de que pudiera verse nada, el gentío se agitó; finalmente, y como un navío fatal, apareció la carreta abriéndose paso entre la muchedumbre, y pude ver a la condenada, que yo no conocía, que no había visto nunca.

"Era una bella joven de veintisiete años, con unos ojos magníficos, una nariz de forma perfecta y unos labios de suprema regularidad. Se mantenía de pie, con la cabeza erguida, no tanto para parecer dominar al gentío, sino porque al llevar las manos atadas a la espalda se veía obligada a mantener en alto la cabeza. Había dejado de llover; pero como había soportado la lluvia durante las tres cuartas partes del trayecto, el agua que había caído sobre ella dibujaba sobre la lana húmeda los contornos de un cuerpo encantador; se habría dicho que salía del baño. La camisa roja que el verdugo le había puesto, le daba un aspecto extraño, un esplendor siniestro, a aquella cabeza altiva y enérgica. En el momento en que llegaba a la plaza, dejó de llover, y un rayo de sol, deslizándose entre dos nubes, vino a juguetear con sus cabellos que hizo brillar como una aureola. Realmente, les juro que aunque hubiera detrás de aquella joven un asesinato, acción terrible incluso cuando venga a la humanidad, aunque yo detestase aquel crimen, no habría sabido decir si lo que estaba contemplando era una apoteosis o un suplicio. Cuando vio el cadalso, palideció; la palidez fue más visible sobre todo a causa del contraste con la camisa roja, que le llegaba hasta el cuello; pero casi al instante hizo un esfuerzo, y terminó por girarse hacia el cadalso que miró sonriendo.

"La carreta se detuvo; Charlotte saltó al suelo sin querer permitir que le ayudaran a bajar, luego subió los escalones del cadalso, resbaladizos a causa de la lluvia que acababa de caer, tan rápido como le permitieron la longitud de la camisa que le arrastraba, y la molestia de las manos atadas. Al sentir la mano del ejecutor posarse en un hombro para arrancarle el pañuelo que le cubría el cuello, palideció por segunda vez pero, al instante, una última sonrisa vino a desmentir aquella palidez, y ella misma, sin que nadie la atara a la infame guillotina, con un impulso sublime y casi gozoso, introdujo la cabeza por la horrenda abertura. La cuchilla bajó, la cabeza separada del tronco cayó sobre la plataforma y rebotó. Fue entonces, escuche bien esto, doctor, escuche bien esto, poeta, fue entonces cuando uno de los ayudantes del verdugo llamado Legros, agarró la cabeza por los cabellos y como vil adulación al populacho, le dio una bofetada. ¡Pues bien! les juro que al recibir la bofetada la cabeza enrojeció; yo lo vi, la cabeza, no la mejilla ¿me oyen bien? no sólo la mejilla que había sido tocada, sino las dos mejillas y con un rubor similar, pues el sentimiento vivía aún en aquella cabeza, y se sentía indignada por haber sufrido un oprobio que no figuraba en la sentencia. El pueblo también se percató del rubor y se puso de parte de la muerta y en contra del vivo, a favor de la ajusticiada y contra el ayudante del verdugo. Y, allí mismo, exigió venganza de esta indignidad, y allí mismo el miserable fue entregado a los gendarmes y conducido a la cárcel."

-Espere- dijo el señor Ledru, al ver que el doctor quería hablar-, espere, eso no fue todo. Yo quería saber qué sentimiento había impulsado a aquel hombre al acto infame que había cometido. Me informé acerca del lugar en el que se encontraba; pedí permiso para visitarlo en la Abbaye, donde había sido encerrado, lo obtuve y fui a verlo.

"Una sentencia del tribunal revolucionario acababa de condenarlo a tres meses de prisión. No comprendía que lo hubieran condenado por una cosa tan natural como lo que había hecho. Yo le pregunté qué había podido impulsarlo a cometer aquella acción."

-¡Caramba! -dijo- ¡Qué pregunta! Yo soy partidario de Marat; acababa de castigarla por cuenta de la ley, y quise castigarla también por cuenta propia.

-Pero -le dije- ¿usted no comprende que es casi delito violar el respeto que se le debe a los muertos?

-¡Venga, pues! -me dijo Legros mirándome fijamente- ¿usted cree que están muertos porque se les ha guillotinado?

-Por supuesto.

-¡Ah, pues! se nota que usted no ve la cesta cuando están todos juntos; que no los ve mover los ojos, chirriar los dientes durante cinco minutos después de la ejecución. Nos vemos obligados a cambiar de cesta cada tres meses, hasta tal punto destrozan el fondo con los dientes. Es un montón de cabezas de aristócratas, ¿sabe? que no quieren decidirse a morir, y no me extrañaría nada que un día alguna de esas cabezas se pusiera a gritar: «¡Viva el rey!».

Ya sabía todo lo que quería saber; salí obsesionado por una idea: la de que esas cabezas estaban aún vivas, y decidí confirmarla.

Alejandro Dumas, padre (Les Mille et un fantômes)

domingo, 20 de enero de 2008

Arena y arte (II)

El verano de Picasso

George y Alice Smith bajaron del tren en Biarritz un mediodía de verano y antes que pasase una hora ya habían ido del hotel a la playa, se habían metido en el mar y habían salido a tostarse en la arena.

Al ver a George Smith quemándose allí, tendido, abierto de brazos y piernas, uno hubiera pensado que era sólo un turista que había sido traído en avión, fresco, congelado como una lechuga, y que pronto sería trasbordado. Pero aquí estaba un hombre que amaba el arte más que la vida misma.

-Vaya... –suspiró George Smith.

Otra onza de transpiración se le escurrió por el pecho. Evapora el agua corriente de Ohio, pensó, y luego bebe el mejor bordeaux. Deposita en tu sangre rico sedimento francés, ¡y verás con ojos nativos!

¿Por qué? ¿Por qué comer, respirar, beber todo francés? Porque así, con el tiempo, empezaría a entender realmente el genio de un hombre.

Se le movieron los labios, formando una palabra.

-¡George? –Su mujer asomó sobre él.- Sé lo que pensabas. Puedo leerte los labios.

George Smith no se movió, esperando.

-¿Y?

-Picasso –dijo Alice.

George Smith se estremeció. Algún día ella aprendería a pronunciar ese nombre.

-Por favor –dijo Alice-. Descansa. Sé que oíste el rumor esta mañana, pero tendrías que verte los ojos..., ese tic otra vez. Bueno, Picasso está aquí, en la costa, a pocos kilómetros, visitando a unos amigos en una aldea de pescadores. Pero tienes que olvidarlo o te arruinarás las vacaciones.

-Desearía no haber oído nunca ese rumor –confesó George Smith.

-Si por lo menos te gustaran otros pintores –dijo Alice.

¿Otros? Sí, había otros. Podía desayunarse satisfactoriamente con las peras otoñales y las ciruelas de medianoche de las naturalezas muertas de Caravaggio. Para el almuerzo: esos girasoles de Van Gogh, retorcidos, chorreando fuego, esas flores que un ciego podría leer pasando rápidamente los dedos chamuscados por la tela en llamas. ¿Pero el gran banquete? ¿Los cuadros que le reservaba a su paladar? Allí, cubriendo el horizonte, como un Neptuno naciente, coronado de algas, alabastro, y coral, y blandiendo pinceles como tridentes en los puños de uñas de cuerno, y con una cola de pez suficientemente grande como para derramar lloviznas de verano sobre todo Gibraltar... ¿quién, si no el creador de Mujer delante de un espejo y Guernica?

-Alice –dijo George Smith pacientemente-, ¿cómo explicártelo? Viniendo en el tren pensé: Señor, ¡es todo territorio de Picasso!

¿Pero era así realmente?, se preguntó. El cielo, la tierra, la gente, los ruborosos ladrillos rosados aquí, los balcones de espirales de hierro azul eléctrico allá, una mandolina madura como una fruta en las manos de mil huellas digitales de algún hombre, jirones de carteleras que volaban como confetti en los vientos nocturnos..., ¿cuánto era Picasso, cuánto George Smith que miraba fijamente alrededor con apasionados ojos picassianos? Renunció a una respuesta. Aquel viejo había destilado trementinas y aceite de linaza tan enteramente a través de George Smith que los líquidos le habían modelado el ser, todo período azul a la caída de la tarde, todo período rosa a la hora del alba.

-He estado pensando –dijo George Smith en voz alta-, si ahorramos dinero...

-Nunca tendremos cinco mil dólares.

-Ya sé –dijo George serenamente-. Pero es hermoso pensar que podemos reunirlos un día. ¿No sería magnífico ir a verlo y decirle: "Pablo, ¡aquí tienes cinco mil! Danos el mar, la arena, aquel cielo, o cualquier cosa vieja que se te ocurra, y seremos felices..."?

Pasó un rato y Alice le tocó el brazo.

-Sería mejor, me parece, que ahora te metieras en el agua –dijo.

-Sí –dijo él-. Sería mejor.

Un fuego blanco subió derramándose cuando George Smith cortó el agua.

A la tarde, George Smith salió del mar y entró en el mar con los vastos y rebosantes movimientos de la gente ya sofocada, ya fresca, que al fin, al declinar el sol, con colores de langosta, de gallinas de Guinea y de pollos asados en los cuerpos, regresó trabajosamente a sus hoteles de tortas de bodas.

La playa fue un desierto de innumerables kilómetros y kilómetros. Sólo quedaron dos personas. Una era George Smith, con la toalla al hombro, preparado para un último acto de devoción.

Lejos en la costa otro hombre más bajo, cuadrado de hombros, caminaba a solas en el día tranquilo. Estaba muy tostado, el sol le había teñido casi de color caoba la afeitada cabeza, y los ojos claros le brillaban como agua en la cara.

El tablado de la playa estaba armado; pocos minutos más y los dos hombres se encontrarían. Otra vez el Destino arreglaba las escalas de los sobresaltos y las sorpresas, las partidas y las llegadas. Y entretanto los dos caminantes solitarios no pensaban un solo instante en coincidencias, en esa corriente sumergida que se demora junto al codo de un hombre en toda multitud en toda ciudad. Ni consideraban que si un hombre se atreve a sumergirse en esa corriente sale con una maravilla en cada mano. Como la mayoría, se encogían de hombros ante tales locuras y se mantenían bien lejos de la orilla, no fuera que el Destino los arrastrara.

El desconocido estaba solo. Mirando alrededor vio su soledad, vio el agua de la hermosa bahía, vio el sol que se deslizaba por los últimos colores, y luego, volviéndose a medias, descubrió en la arena un pequeño objeto de madera. No era más que el delgado palito de un exquisito helado de limón, fundido hacía mucho tiempo. Sonriendo, recogió el palito. Con otra mirada alrededor, para confirmar su soledad, el hombre se agachó de nuevo, y sosteniendo suavemente el palito, con leves movimientos de la mano, se puso a hacer eso que sabía hacer mejor que ninguna otra cosa en el mundo.

Se puso a dibujar increíbles figuras en la arena.

Trazó una figura, y luego se adelantó, y todavía con los ojos bajos, totalmente fijos en su trabajo ahora, dibujó una segunda y una tercera figura, y luego una cuarta y una quinta y una sexta.

George Smith venía imprimiendo sus pisadas en la línea de la costa y miraba aquí, miraba allá, y de pronto vio al hombre. George Smith, acercándose, vio que el hombre, muy quemado por el sol, estaba inclinado hacia delante. Más cerca aún, y ya se veía qué hacía el hombre. George Smith rió entre dientes. Por supuesto, por supuesto... Solo en la playa este hombre -¿De qué edad? ¿Sesenta y cinco? ¿Setenta?- hacía monigotes y garabatos. ¡Cómo volaba la arena! ¡Cómo los disparatados retratos se confundían en la playa! Cómo...

George Smith dio otro paso y se detuvo, muy quieto.

El desconocido dibujaba y dibujaba, y no parecía sentir que alguien estuviese detrás de él y del mundo de sus dibujos en la arena. Estaba ahora tan profundamente hechizado por su creación solitaria que si unas bombas de profundidad hubieran estallado en la bahía, la mano volante no se le hubiera detenido, ni él hubiese vuelto la cabeza.

George Smith miró la arena y luego de un rato, mirando, se puso a temblar.

Pues allí en la arena lisa había figuras de leones griegos y chivos mediterráneos y doncellas de carnes de arena como polvo de oro y sátiros que tocaban cuernos tallados y niños que bailaban derramando flores a lo largo y a lo largo de la playa con corderos que brincaban detrás y músicos que se precipitaban a sus arpas y sus liras, y unicornios que llevaban a jóvenes a prados, bosques, templos en ruinas y volcanes lejanos. A lo largo de la costa, en una línea ininterrumpida, la mano, el punzón de madera de este hombre que se inclinaba hacia delante, febril, goteando sudor, iba y venía en curvas y cintas, enlazaba encima y arriba, adentro, afuera, hilvanaba, susurraba, se detenía, se apresuraba luego como si esta móvil bacanal debiera florecer del todo antes que el mar apagara el sol. Veinte, treinta metros o más de ninfas y criadas y fuentes de verano manaron en desenredados jeroglíficos. Y a la luz moribunda la arena tenía un color de cobre fundido donde ahora se había grabado un mensaje que cualquier hombre de cualquier tiempo podría leer y saborear a lo largo de los años. Todo giraba y se posaba en su propio viento y su propia gravedad. Ahora los pies danzantes teñidos de sangre de uvas de las hijas de los viñateros exprimían vino, ahora mares humeantes daban nacimiento a monstruos acuñados como monedas, mientras que cometas florecidas esparcían perfume en nubes que se llevaba el viento... ahora... ahora...

El artista se detuvo.

George Smith dio un paso atrás, apartándose.

El artista alzó los ojos, sorprendido, pues no esperaba encontrar a alguien tan cerca. Luego, inmóvil, se quedó mirando de George Smith a sus propias creaciones, extendidas como pisadas ociosas camino abajo. Sonrió al fin y se encogió de hombros como diciendo: Mira lo que he hecho, ¿has visto qué niño? Me perdonarás, ¿no es cierto? Un día u otro todos hacemos tonterías... ¿Tú también quizá? Así que permítele esto a un viejo loco, ¿eh? ¡Bien! ¡Bien!

Pero George Smith no hacía más que mirar al hombrecito de piel oscurecida por el sol y ojos claros y penetrantes, y al fin se dijo a sí mismo el nombre del viejo, una vez, en un susurro.

Los dos hombres estuvieron así quizá otros cinco segundos. George Smith con los ojos clavados en el friso de arena, y el artista observando a George Smith con divertida curiosidad. George Smith abrió la boca, la cerró, alargó la mano, la recogió. Dio un paso adelante hacia los dibujos, dio un paso atrás. Luego se movió a lo largo de la línea de figuras como un hombre que contempla una preciosa serie de mármoles de alguna antigua ruina caídos en la costa. No parpadeaba. La mano deseaba tocar, pero no se atrevía a tocar. George Smith quería correr, pero no corría.

Miró de pronto hacia el hotel. ¡Corre, sí! ¡Corre! ¿Qué? ¿Traer una pala, excavar, salvar un pedazo de esta arena que se desmenuza demasiado? ¿Encontrar un albañil, arrastrarlo aquí de prisa con un poco de yeso para sacar un molde de un frágil trozo? No, no. Tonto, tonto. ¿O...? Los ojos de George Smith se volvieron chispeando hacia su ventana en el hotel. ¡La cámara! Rápido, tómala, tráela, y corre a lo largo de la costa, y clic, clic, y cambia la película, y clic, hasta que...

George Smith se volvió hacia el sol, que le ardió débilmente en la cara. Los ojos de George Smith fueron dos llamas pequeñas. El sol estaba hundiéndose en el mar, y mientras él miraba desapareció del todo en unos pocos segundos.

El artista se había acercado y ahora contemplaba la cara de George Smith con mucha simpatía, como si estuviese leyéndole todos los pensamientos. Ahora asentía con breves movimientos de cabeza. Ahora el palito de helado se le había caído casualmente de los dedos. Ahora decía buenas noches, buenas noches. Ahora se iba, caminando playa abajo, hacia el sur.

George Smith se quedó mirándolo. Pasó un minuto, y luego hizo lo único que podía hacer. Partió del principio del fantástico friso de sátiros y faunos y doncellas que se bañaban en vino, y de unicornios, y de jóvenes flautistas, y caminó lentamente por la playa. Hizo un largo camino mirando la bacanal que corría libremente. Y cuando llegó al fin de los animales y los hombres, se volvió y caminó de vuelta en la otra dirección con los ojos bajos como si hubiese perdido algo y no supiese bien dónde podía encontrarlo. Siguió así hasta que no hubo más luz en el cielo o en la arena.

George Smith se sentó a cenar.

-Llegas tarde –dijo su mujer-. Tuve que bajar sola. Estaba hambrienta.

-No importa.

-¿Nada interesante en tu paseo?

-No.

-Estás raro, George. ¿Te alejaste mucho nadando y casi te ahogas? Te lo veo en la cara. Te alejaste demasiado de la costa, ¿no es cierto?

–Sí– dijo George Smith.

–Bueno– dijo Alice, mirándolo con atención–. No lo hagas otra vez. Vamos, ¿qué quieres comer?

George Smith volvió la cabeza y cerró los ojos un momento:

–Escucha.

Alice escuchó.

–No oigo nada– dijo.

–¿No oyes nada?

–No. ¿Qué es?

–Sólo la marea– dijo George Smith al cabo de un rato, sentado a la mesa, con los ojos todavía cerrados–. Sólo la marea que sube.

Ray Bradbury

(Picasso Summer (A medicine for melancholy)


Nota: Los asociantes somos terribles. Leemos "Arte y arena" y enseguida asociamos las palabras 'arte' y 'arena', y si además nos hablan de la fugacidad enseguida nos viene a la memoria ese cuento de Bradbury que ilustra tan bien la tragedia del prodigio destinado a permanecer tan poco del que hablara Alina en el artículo del mismo título.


miércoles, 16 de enero de 2008

Farolito rojo II - Trazada para la A



Pesco de la turbia masa de textos que se esconden en mi PC esta pieza que, con el título de "Curiosidad literaria inútil", tiene todas las trazas de haber sido aportada en su momento por JMAiO. Si coloco el farolito rojo es para llamar la atención por si alguien conociera al autor de la simpática y harto difícil "Trazada para la A".


En la literatura potencial (LIPO) abundan los llamados lipogramas, composiciones escritas con la ausencia de alguna letra. Son famosas algunas novelas del Siglo de Oro escritas sin usar la A, la E, etc. Jardiel Poncela publicó en los años 30 una colección de cinco cuentos, cada uno sin una de las cinco vocales. Son juguetes literarios que, en el mejor de los casos, provocan una sonrisa benévola a los autores “buenos”.

El caso es que también algunos de estos autores “buenos” no desdeñan esta clase de literatura. Las novelas mencionadas son tortas y pan pintado al lado del cuento que Rubén Darío publicó como "Curiosidad literaria" atribuyéndolo a "un escritor sudamericano”:

Hablábamos varios hombres de letras de las cosas curiosas que, desde griegos y latinos, han hecho ingenios risueños, pacientes o desocupados en el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés tanto como al derecho, acrósticos enrevesados y luego prosas en que se suprimiera una de las vocales en largos cuentos castellanos. Entonces yo le hablé de una curiosidad, en verdad de la más peregrinas, que hice insertar siendo muy joven en una revista que dirigía allá en la lejana Nicaragua un mi íntimo amigo. Es un cuento corto en el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. No encontraréis otra vocal más que la a. Y os mantendréis con la boca abierta. ¿Su autor? Sudamericano seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia. Ignoro e ignoraré siempre su nombre. He aquí la lucubración a que me refiero:

Amar hasta fracasar

(Trazada para la A)

La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada.—Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.

Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas nada alcanzaban. Casar trataban, mas hallaban avaras a la hadas, para dar grata andanza a tal plan.

La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca, para apañar larga plata, para agarrar adahalas[1]. ¡Bravas agallas! —¿Mas bastaba tal cábala? —Nada ¡ca!, ¡nada basta a atajar la llama aflamada!

Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrazadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las almas arrastradas a amar! gratas pasan para apalambrarlas[2] más, para clavar la azagaya[3] al alma. ¡Ya hada habrá capaz para arrancarla!

Pasaban las añadas[4]. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta para afrancar[5] a Ana, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡ca! ¡nada faltaba para andar al altar!

Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara a cara. ¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más malas a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara, atalantadas a las palabras: —¡Acá! ¡acá! ¡atrapar al canalla-mata-damas! ¡amarrad al rapaz! —Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; mas nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara ¡vanas palabras!” nada alcanza. Amarran a Blas, Marta manda a Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana falta!

¡Bárbara Marta! Avara bajasa[6], al atrancar a Ana tras las barbacanas sagradas (algar[7], fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca! ¡Asparla[8], alafargarla, matarla! Tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas; cada alba más aflatada, aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar tras Casa Blanca, asayaba[9], a la par gran mal; a la par balaba[10], allanar las barras para atacar la alfana[11], sacar la amada, hablarla abrazarla…

Ha ya larga mañanas trama Blas la alcaldada: para tal, habla. Al rayar la alba, al atalaya da plata, saltan las barras, avanza a la playa. La lancha, ya aparada[12], pasa al galán a la Habana. ¡Ya la has amanada[13] gran Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana! ¡Ah! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán, ¡avanza, galán, avanza!

Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán[14], mas la tapada, taparánla más. Aplaza la hazaña…

Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata hablar a Ana, para Ana nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:

La barca lanzada

allá al ancha mar

arrastra a la Habana

canalla-rapaz.

Al tal mata-damas

llamaban asaz,

mas jamás la mata,

las ha para amar.

Fallar las amarras

hará tal galán,

ca, brava alabarda

llaman a la mar.

Las alas, la alaba,

la azagaya… ¡Bah!

nada, nada basta

a tal batallar.

Ah, marcha, alma Atala

a dar grata paz,

a dar grata andanza

a Chactas acá.

Acabada la cantata, Blas anda para acá, para allá, para nada alarmar al adra[15]. Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La alma. La alma la da al galán. Afanada llama a ña Blasa, aya[16] parda ña Blasa, zampada a la larga, nada alcanza tal llamada; para alzarla. Ana la jala las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la da alhajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la parda da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa aldaba tras aldaba hasta dar a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para, para, Blas!

Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán, avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!

—¡Amada Ana!…

—¡Blas!…

—¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!

—¡Ah, jamás!

—¡Alma amada!…

—¡Abraza a Ana hasta matarla!

—¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!…

A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para Málaga la fragata Atlas. La cámara daba lar para Blas, para Ana…

Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava lanza a la playa la fragata: la vara.

La mar trabaja las bandas: más brava, arranca tablas al tajamar, nada basta a salvar la fragata. ¡Ah, tantas almas lanzadas al mar, ya agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada para acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah! Tantas brazadas, tan gran afán para nada; hállala, mas la halla ya matada. ¡Matada!… Al palpar tan gran mal nada bala ya, nada trata alcanzar. Abraza a la amada. “¡Amar hasta fracasar!” clama… Ambas almas abrazadas bajan a la nada[17]. La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más… ¡ca! Ya Ana hablaba a Blas para pañal, para fajas, para zarandajas. “¡Mamá ya, acababa Ana. Papá ya, acababa Blas!…

Nada habla la Habana para sacar a plaza a Marta, tras las pasadas; mas la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.


[1] Adahalas, lo mismo que adehalas.

[2] Apalambrar, indendiar.

[3] Azagaya, dardo.

[4] Añada, el tiempo de un año.

[5] Afrancar, dar libertad, licencia.

[6] Bajasa, mujer mala.

[7] Algar, caverna o cueva.

[8] Aspar, atormentar.

[9] Asayar, experimentar.

[10] Balar, desear ardientemente.

[11] Alfana, iglesia. Voz de la germanía.

[12] Aparar, preparar.

[13] Amanar, poner a la mano. Ya la tienes a mano.

[14] Atafagar, fatigar, sofocar.

[15] Adra, porción de un barrio, barriada.

[16] Aya, se dice vulgarmente de las criadas de razón.

[17] A la muerte.







JMAiO contesta mediante un comentario, que por lo revelador merece ser colocado aquí:

La composición es de Rubén Darío.

Algunas de las que tengo recogidas en mi libro "La fantasía en el lenguaje":

También la e se presta a largas composiciones, aunque no tan fáciles ni extensas pese a su ligera ventaja estadística. Las siguientes son de Ramón Tiraplom:

El leve césped emerge vehementemente en el vergel. Enfrente, el tenderete de leve membrete... el pesebre. De Efrén depende el pesebre. ¡De Efrén, el hereje, el descendente de bereberes! De Efrén, ¿eh? Se estremece en el tercer mes de estrecheces: el jefe, el demente Ebenézer, debe ver el refleje del deber en el pesebre. El frente de breves heces, de gérmenes... el demente jefe se crece... preces, preces... ¡Cede, Efrén, perece!

Tres veces en el mes, el rey debe tener excelentes leyes.

La i y la o, más difíciles, sólo aparecen en frases breves:

Id, viril Idris: dirigid, insistid, dividid, imprimid vil inri; dirimid civil, difícil lid, infligid ministril crisis; fingid bilis, sífilis, tisis sin fin; vivid mil brindis; y... gris fin: dimitid.

Sí, Mimí: ni vi, ni di, ni dividí mis titís.

Los siguientes poemas con la i son de Enrique Fernández, Murcia (España):

INCIPIT

Viví sin tí y, gil, fingí vivir.

Sí. Inhibí mi chip y mis mil bits y di mi incivil vid (sic).
Insistí, viril, sin distinguir sillín y crin.
¡Difícil dividir sínfisis sin lisis!

(Bis) Viví sin tí y, gil, fingí vivir.

Inquirí mi listín sin inscribir,
vi mi disimil gris iris, y dirimí mi vil fin...
mi tisis y mi sífilis.

FIN