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jueves, 21 de febrero de 2008

Aquí Alejandra

Bic
Bicho aquí

Bicho aquí,
aquí contra esto,
pegada a las palabras
te reclamo.
Ya es la noche, vení,
no hay nadie en casa
Salvo que ya están todas
como vos, como ves,
intercesoras,
llueve en la rue de l'Eperon
y Janis Joplin.
Alejandra, mi bicho,
vení a estas líneas, a este papel de arroz
dale abad a la zorra,
a este fieltro que juega con tu pelo

(Amabas, esas cosas nimias
aboli bibelot d'inanité sonore
las gomas y los sobres
una papelería de juguete
el estuche de lápices
los cuadernos rayados)

Vení, quedate.
tomá este trago, llueve,
te mojarás en la rue Dauphine,
no hay nadie en los cafés repletos,
no te miento, no hay nadie.
Ya sé, es difícil,
es tan difícil encontrarse
este vaso es difícil,
este fósforo.
y no te gusta verme en lo que es mío,
en mi ropa en mis libros
y no te gusta esta predilección
por Gerry Mulligan,
quisieras insultarme sin que duela
decir cómo estás vivo, cómo
se puede estar cuando no hay nada
más que la niebla de los cigarrillos,
como vivís, de qué manera
abrís los ojos cada día
No puede ser, decís, no puede ser.

Bicho, de acuerdo,
vaya si sé pero es así, Alejandra,
acurrúcate aquí, bebé conmigo,
mirá, las he llamado,
vendrán seguro las intercesoras,
el party para vos, la fiesta entera,
Erszebet,
Karen Blixen
ya van cayendo, saben
que es nuestra noche, con el pelo mojado
suben los cuatro pisos, y las viejas
de los departamentos las espían Leonora Carrington, mirala,
Unica Zorn con un murciélago
Clarice Lispector, agua viva,
burbujas deslizándose desnudas
frotándose a la luz, Remedios Varo
con un reloj de arena donde se agita un láser
y la chica uruguaya que fue buena con vos
sin que jamás supieras
su verdadero nombre,
qué rejunta, qué húmedo ajedrez,
qué maison close de telarañas, de Thelonious,
que larga hermosa puede ser la noche
con vos y Joni Mitchell
con vos y Hélène Martin
con las intercesoras
animula el tabaco
vagula Anaïs Nin
blandula vodka tónic

No te vayas, ausente, no te vayas,
jugaremos, verás, ya verás, ya están llegando
con Ezra Pound y marihuana
con los sobres de sopa y un pescado
que sobrenadará olvidado, eso es seguro,
en un palangana con esponjas
entre supositorios y jamás contestados telegramas.
Olga es un árbol de humo, cómo fuma
esa morocha herida de petreles,
y Natalía Ginzburg, que desteje
el ramo de gladiolos que no trajo.
¿Ves bicho? Así. Tan bien y ya. El scotch,
Max Roach, Silvina Ocampo,
alguien en la cocina hace café
su culebra contando
dos terrones un beso
Léo Ferré
No pienses más en las ventanas
el detrás el afuera
Llueve en Rangoon ---
Y qué.
Aquí los juegos. El murmullo
(Consonantes de pájaro
vocales de heliotropo)
Aquí, bichito. Quieta. No hay ventanas ni afuera
y no llueve en Rangoon. Aquí los juegos.


Julio Cortázar

prueba insertar ecuaciones matemáticas

Desquicio

Puesto que el Hades no existe, seguramente estás allí,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.
Sin equipaje ni papeles,
dando por óbolo un cuaderno
o un lápiz de color.

Acéptalos, barquero: nadie pagó más caro
el ingreso a los Grandes Transparentes
al jardín donde Alicia la esperaba.

Julio Cortázar, a la muerte de Alejandra Pizarnik

miércoles, 20 de febrero de 2008

Ironías de la vida

Parece que la conjetura de Fermat (en catalán "atado", aunque se trata de una mera coincidencia) ha salido al revés: todos los posteriores que han podido ser comprobados no son primos.

Esta ironía se dio nada menos que con el divino Euler, quien conjeturó, al ver que no existían cuadrados grecolatinos (cuadrados tales que en cada uno de sus puntos existen dos sistemas de símbolos distintos de forma que no se repita ninguno ni por filas ni por columnas) de órdenes 2 ni 6, que la propiedad era general: no existían de órdenes 4n+2. Pues resulta que es al revés: existen de todos estos órdenes: 14, 18, 22,... Los únicos que precisamente no existen son los de órdenes 2 ó 6.

Uno de los rarísimos casos en que es posible enmendar a Euler, el Cíclope genial.

Por cierto, ¿no te preguntó Fermat por la guerra que en aquellos momentos se libraba por Cataluña? El conde de Santa Coloma estaba a punto de ser asesinado (ocurrió por el Corpus). ¿Ni si eran ciertos los rumores de que ésta se iba a incorporar a Francia, como así sucedió temporalmente?

¡Ay, señora mi vecina!



¡Ay, señora mi vecina,
se me murió la gallina!

Con su cresta colorada,
y el traje amarillo entero,
ya no la veré atareada,
paseando en el gallinero,
pues, señora mi vecina,
se me murió la gallina,
domingo de madrugada;
sí, señora mi vecina,
domingo de madrugada.

¡Míreme usted cómo sudo,
con el corral enlutado y
el gallo viudo!
¡Míreme usted cómo lloro,
con el pecho destrozado,
y el gallo a coro!

¡Ay, señora, mi vecina;
cómo no voy a llorar
si se murió mi gallina!


Nicolás Guillén (Cuba, 1902 - 1989)

Alejandra Pizarnik, que no se irá otra vez


Recuerdo mi niñez
Cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña.


Alejandra Pizarnik: una voz

Extracción de la piedra de la locura
(Voz de la actriz Ingrid Pelicori)

Caminos del espejo

De visita, no más que de visita

No había dejado de pensar en ello, una vez me asaltó la idea luego de haber leído ese detalle incluido, a modo de reseña, en un libro de divulgación. Es el caso que, al parecer, Fermat (1601 – 1665) creyó haber dado en su momento con una fórmula sencilla para generar números primos:

y así se lo comunicó en una carta a su compatriota el monje Marin Mersenne, con el que mantenía correspondencia frecuente. Está claro que esta expresión no cumplía el sueño de ser la fórmula madre de todos los primos, pero Fermat creía que para cualquier n el resultado F(n) es un número primo. Como todas las conjeturas, ésta tiene cierto fundamento, como podemos ver:

F(1) = 5; F(2) = 17; F(3) = 257; F(4) = 65 537;

F(5) = 4 294 967 297; F(6) = 18 446 744 073 709 551 617

Hasta F(4) son todos primos fácilmente comprobables. En cuanto a F(5) algún error debió cometer Fermat con las comprobaciones, ya que hemos de suponer que al menos debía ser costumbre entonces someter el número a la prueba de los primos menores que mil, tabulables sin esfuerzo. De haberlo hecho concienzudamente Fermat hubiera encontrado que 641 (el primo número 116) divide a F(5). El tamaño de F(6), un número de veinte cifras, quedaba ya desde luego muy por encima de las posibilidades de la época: por el método de las divisiones hace falta probar 23 974 primos, hasta dar con el factor 274 177.

Me daba mucha pena que la cosa quedara así, con nuestro sabio seducido por lo que no era sino una ilusión, y aunque me había prometido a mí mismo no volver a hacer uso de la máquina, la idea fue tomando cuerpo hasta convertirse en una obsesión. La había construido, y de eso hacía ya mucho, con la ayuda de Paco, al poco de haber leído ambos la novela de Wells (bueno, sí, H. G. Wells). Pero desde que mi amigo hizo aquel viaje sin regreso —se había enamorado, me dijo, y de nada valió que le tratara de convencer de que eso de los sentimientos son cosa subjetiva y para colmo relativa— ya no volví a realizar incursiones, entre otras razones porque, aunque la máquina era monoplaza, siempre compensaba comentar la experiencia. Nos habíamos juramentado para no perturbar en demasía el pasado. Desde luego nada de visitas a entornos familiares, para evitar líos con la paradoja del abuelo; y silencio absoluto acerca de inventos o hechos de trascendencia histórica. Tampoco debíamos visitar nuestro propio pasado vital, por posibles problemas con las curvas de tipo temporal cerradas de Gödel. A pesar de todo, se objetará, está el efecto mariposa. Y a eso respondo que sí, que desde luego, pero que el curso de la vida y de los acontecimientos no deja de ser una madeja de efectos mariposa, de modo que un aleteo más o menos no ha de tener importancia. «El ruido del trueno», ese bello cuento de Ray Bradbury no es sino solamente eso: un cuento.

Desde lo de Paco había dejado la máquina instalada en el doble fondo de un armario del garaje, donde nadie podía sospechar nada. Seguía siendo tan tosca como cuando la fabricamos: palancas, reostatos, relés, ruedas numeradas procedentes de una calculadora mecánica robada de la oficina de un tío de mi amigo, y algún cable que otro. Hacía tiempo que no la engrasaba, por cierto. Pero estaba decidido. A través de una amiga de mi hija, que se ocupa de la coreografía y del atrezo de una pequeña compañía de teatro, me hice con un traje de francés provinciano acomodado de mediados del siglo XVII. Las coordenadas de la villa de Toulouse (estuve dudando entre esa ciudad y Beaumont-de-Lomagne) no fueron difíciles de hallar, y para el momento elegí el año de 1640 y un día del mes de mayo, que tampoco era cosa de exponerse al frío ni al calor. Para pasar inadvertido cuidé de encerrar mi ordenador portátil en una maleta de madera que casualmente guardaba como recuerdo. Y nada más, porque a fin de cuentas la máquina —tanto Paco como yo no pasábamos de ser simples aficionados— solamente era capaz de crear una burbuja espacio temporal de un día de duración y unos escasos miles de kilómetros de radio de acción.

Así que no lo pensé más y para allá que me catapulté. Aparecí en una plaza cercana al río y preguntando aquí y allá di con la morada de monsieur de Fermat. Hallé entreabierta la puerta de la casa, de modo que asomé la cabeza y ensayé un «Bonnes, a la paix de Dieu!» (Buenas, a la paz de Dios) que es como supuse que se debía presentar uno entonces[1]. De una habitación no alejada me llegó el sonido del arrastrar de una silla y al poco tenía ante mí a un hombre que frisaba los cuarenta y que me contemplaba con reserva.

—Bonjour— le dije —Moi, je viens avec l’intention de parler avec vous des nombres premiers.

El caballero no dijo nada, y me seguía mirando con cierta perplejidad.

—Excuse moi— le dije, al darme cuenta de que no me había presentado —Je m’apelle Pierre, et je viens de l’Espagne—y señalé en dirección al sur. Aunque todavía no un estado, España quedaba entonces efectivamente al sur de Francia.

Seguía la actitud de reserva. No quería entretenerlo, de modo que saqué el portátil de la maleta y lo abrí allí mismo. Como lo había dejado en modo de latencia fue cosa de poco tiempo el presentarle el cuaderno de notas de Mathematica. Todas las fórmulas estaban preparadas de antemano, así que una vez me cercioré de que mi visitado reconocía sus propios primos potenciales pulsé Mayúsculas-Intro tras la expresión

FactorInteger[4294967297]

y enseguida pudimos ver la respuesta {{641,1},{6700417,1}}. Para mi asombro, no hizo falta que yo explicara nada. Es listo, este puñetero, me dije para mis adentros (siempre que me veo forzado a reconocer la inteligencia de alguien no puedo evitar añadir un epíteto denigrante). Tras un instante tenso escuché un

—Parbleu! — que contenía una mezcla de estupor y de queja, a lo que siguió —Pero señor, yo hablo su lengua. Tenga la bondad de tomar asiento y esperar un momento, por favor — me pidió en un castellano fluido, sin ni siquiera esa erre gutural que yo esperaba como irremediable, a la vez que me señalaba un confortable asiento. No tardó mucho en volver. Yo le tenía reservada otra sorpresa.

—Regardez!— le dije, y volví a la carga con

FactorInteger[18446744073709551617]

para obtener inmediatamente {{274177,1},{67280421310721,1}}. Nuestro hombre, tras un instante de mal disimulado asombro, volvió a retirarse a su estudio, para volver antes de lo que yo esperaba.

—D’où venez vous? — me espetó sin más.

—Je viens du future— le dije, dejándome de tapujos.

No pareció sorprenderse, aunque permaneció un momento pensativo. Se retiró de nuevo y regresó pronto entregándome un papel en el que se hallaba escrito el número de doce dígitos 100 895 598 169. No sabía de qué se trataba, pero supuse que quería que lo procesara del mismo modo, así que escribí la instrucción

FactorInteger[100895598169]

y la respuesta fue igualmente inmediata: {{112303,1},{898423,1}}. Esta vez nuestro hombre se mostró alborozado.

Había llegado el momento de irme. Yo quería que nuestro sabio no muriera sin conocer la verdad acerca de sus pretendidos primos, pero tampoco quería cambiar el devenir natural de las cosas, así que le hice prometer que guardaría el secreto.

—Os ruego, señor, que no hagáis nada en lo que respecta a vuestros números F(5) y F(6). Las cosas han de seguir como si lo que os he mostrado no hubiera sucedido.

—No ha lugar para la preocupación. Debéis saber que por mi oficio estoy habituado a guardar secretos. Particularmente —añadió mientras me dirigía una mirada de soslayo que no supe interpretar— si se me pide explícitamente.

Como no di importancia al añadido, lo que dijo me tranquilizó. Así que me despedí con toda la cortesía que pude exhibir y que imaginé apropiada, y me retiré a un bosquecillo cercano para esperar el efecto de la implosión retráctil espontánea del seudópodo espacio temporal desplazado, cosa que tuvo lugar apenas se insinuaba la caída de la tarde.

De vuelta a casa y esa misma noche, reparé en que no había prestado atención al número que me había presentado Fermat. Como no había apagado el portátil pude rescatarlo. Allí seguía escrito en el notebook: 100895598169. Consulté mis libros hasta encontrar una referencia sobre el mismo. Resulta que se trataba de un número que el Padre Mersenne le había propuesto a modo de desafío ¡y que Fermat había factorizado!, toda una hazaña para la época (pensemos que el menor de los factores ocupa el lugar 10 650 de la secuencia de números primos). Y entonces fue cuando me di cuenta de que no le había exigido ninguna promesa acerca de la descomposición factorial de ese número. No consigo desembarazarme de la impresión de que nuestro sabio me había colado un gol de campeonato. No en vano es francés el dicho «Les promesses n'engagent que ceux qui les écoutent».

¿Y cuál fue la continuación de la historia? Los libros dicen que F(5) hubo de esperar a que el inevitable Leonhard Euler lo desenmascarara en 1732. En cuanto a Fermat seis, resistió hasta que un caballero de ochenta y dos años, F. Landry, lo descompusiera en sus factores primos en el siglo XIX. La realidad, como de costumbre, es siempre más poética que la fantasía.

Post Scriptum:

En el libro «Recreations in the Theory of Numbers», de Albert H. Beiler (y ex–libris de Francesc Castanyer), del año 1961, se incluye una tabla con el estado del conocimiento a la fecha relativo a los números de Fermat. De F(7) se supone que ha de tener dos o tres factores, no menores que 2^32, y de F(8) se ignora por completo su naturaleza. Para números de orden superior se presenta a veces un divisor, pero en ningún caso se conocen todos los factores. Después de tanto tiempo transcurrido desde entonces, podemos añadir que:

F(7) se descompone en factores de forma casi inmediata mediante Mathematica:

F(7)=2^(2^7)+1=2^128+1= {{59649589127497217,1},{5704689200685129054721,1}}

Para F(8) ha sido necesario plantear la cuestión a Mathematica y dejar el ordenador ‘pensando’ durante casi cinco horas (Timing[FactorInteger[2^256+1]]) para encontrar la respuesta:

F(8)=2^(2^8)+1=2^256+1={{1238926361552897,1},

{93461639715357977769163558199606896584051237541638188580280321,1}}

F11 = 2^(2^11)+1=2^2048+1 fue factorizado por Brent y Morain en 1988.

F(9) = 2^(2^9)+1 = 2^512 +1 fue factorizado por A.K. Lenstra, H.W. Lenstra Jr., M.S. Manasse y J.M. Pollard en 1990.

F10 = 2^(2^10)+1=2^1024+1 fue factorizado por Richard Brent, el cual encontró un factor de 40 dígitos el 20 de octubre de 1995. El cofactor es un número de 252 dígitos, lo que hubiera representado una barrera difícil de vencer de haber sido compuesto. Por suerte resultó que dicho número es también primo, lo que completó la descomposición factorial.

Hasta donde sé, todavía es una cuestión abierta la de si existe algún número de Fermat primo por encima de F(4), o si, de existir alguno, se cuentan en número finito (lo que se cree que sería lo más probable en este caso) o bien hay una infinidad de ellos.

Los números de Fermat, inocentes y pérfidos a un tiempo, representan un papel principal en la categorización que hizo Gauss de los polígonos regulares que se pueden inscribir en un círculo con la condición, impuesta por la escuela geométrica clásica griega, del uso exclusivo de la regla y el compás. Gauss logró también (un mes antes de cumplir los diecinueve años) la construcción del polígono de 17 lados. Tan orgulloso estuvo de ese logro que se cuenta que expresó el deseo de que esa figura se representara en su tumba. No se hizo así, pero en el monumento que le dedicó su ciudad natal, Braunschweig, con ocasión del centenario de su nacimiento, se grabó una estrella de diecisiete puntas; el cambio se debió al propio grabador, que opinó que el heptadecágono corría el riesgo de ser confundido fácilmente con un círculo.

P. Crespo, agosto 2006


[1] Reconozco que me precipité en mi traducción literal. ‘Bonnes’, que proviene de ‘bonnes à tout faire’, equivale a nuestro ‘criadas’, si prescindimos de posibles matices peyorativos.